jueves, 16 de febrero de 2017

XXII.

Alguna vez he sentido la necesidad de escribir de forma instantánea, pero nunca de algo que había visto o sentido de cerca, aunque no necesariamente en mí.

Hoy ha pasado algo. Y se han hecho daño.
No nos damos cuenta de lo dolorosas que pueden ser a veces las palabras. Una simple frase, un simple reproche, o un ataque a toda una vida en menos de 10 segundos.

Y se acabó. Algo se rompe y te rompe. Algo te quita las ganas. Algo te hace huir y no volver — a ser la misma persona —.
La verdad, no sé cuánto escuece pero sí sé que escuece. Porque hay cosas que no somos capaces de ocultar ni aunque nos echemos diez kilos de maquillaje en el alma.


No sé. No intento escribir sobre un tostón, solo concienciar de lo bueno que es a veces pararse a pensar. A medir las palabras con cautela para evitar un dolor innecesario o, al menos, disminuirlo al mínimo. Es algo de lo que a veces me siento orgullosa, de saber llenar mi vaso con cuidado. De no explotar a la mínima, de aguantar.
Y puede que a la larga no sea bueno, lo sé, pero el extremo contrario tampoco. Y si hay que pelearse... que sea por algo que merezca la pena, no por una nimiedad soportable.

Yo supongo que de todo se aprende. Espero que de todo se aprenda. Y es que aunque el cambio no sea en la persona que vive el hecho directamente, a veces sí que cambia a los demás.