sábado, 25 de julio de 2015

XIX.

Hace tiempo que me di cuenta de que el mundo no es exactamente lo que se dice justo.

Que siempre hay peleas porque alguien da más, o menos, que otra persona.
Que conseguimos cosas sin esfuerzo y cuesta alcanzar aquello que realmente ansiamos.
Que el esfuerzo no siempre se ve recompensado como nos gustaría.
Que prometemos cosas que sabemos que no vamos a cumplir. Y aún así seguimos haciéndolo.
¿Por qué?
Es como hacer una promesa a medias...

La intención es lo que cuenta, bien, muy bien. Os recuerdo - y me recuerdo - que las palabras no son intención, que las palabras se las lleva el viento. Y el viento, a veces, aprieta que te cagas.
La intención se demuestra con actos, diarios a ser posible. Y eso, precisamente eso, poca gente lo lleva a cabo.
Me incluyo, como no hacerlo, en el grupo de las personas que alguna vez hemos dicho algo que al final no hemos cumplido. Lo peor es que me siento mal. Me siento mal y sigo haciéndolo. No aprendo, no quiero aprender.

Prometer a medias es muy fácil, ese es el problema. Nadie nos protesta por hacerlo. Nadie recrimina que no sabemos cumplir.
Una palabra a día de hoy no vale nada, porque palabras bonitas sabemos decir todos. Y adornar lo que queremos decir a nuestro gusto no es más que un poco de ensayo e imaginación.
Todos podemos hacerlo.
Pero no es eso.
El caso está en cumplir. Hacerlo porque realmente queremos. Que nos apetezca terminar aquello que nos prometemos y aquello que prometemos al resto de personas.
Y ser sinceros. Si es algo que no piensas hacer, no lo digas, no lo prometas pues no lo vas a cumplir.
Aprender a decir 'no' para que el 'sí' recupere su valor original.
Conseguir que el no sea tan fuerte y decisivo como lo era antes.
Recuperar el valor de las cosas. Que lo estamos perdiendo.
Y perder, sea lo que sea, es perder. Eso sí que no cambia, ni lo hará nunca.

domingo, 19 de julio de 2015

XVIII.

El misterioso caso de por qué unas veces sentimos más que otras. O por qué dejamos que esos sentimientos nos afecten más.

El dolor nos hace fuertes. O eso dicen. Qué va, el dolor lo que nos hace es fríos, inhumanos. Nos hace crear muros a nuestro alrededor que solo las personas indicadas podrán volver a derribar. Nos hace desconfiar. Desconfiar de las mismas palabras que un día nos hicieron daño.

Y así hasta rompernos del todo, con la única esperanza de que, en algún momento, alguien sea capaz de permanecer, tenga ganas de estar, y nos ayude a unir los trocitos en los que nos hemos dividido poco a poco y con los años.