jueves, 21 de mayo de 2015

XIII.

Las cinco y diez de la mañana y aquí sigo despierta. Hace un par de horas que no paro de darle vueltas a todo lo acontecido y no me puedo dormir. Si supiera cómo hacer que las cosas funcionaran bien, cómo evitar el sufrimiento d ela gente que tengo a mi alrededor, no dudaría ni un segundo en actuar de otra manera. Los problemas se amontonan en mi cabeza a estas horas de la madrugada, sintiéndome culpable, aunque sé que estoy más próxima a ser inocente. Me hacen daño las palabras simples, los gestos complejos y los pensmaientos que se vuelven invisibles. Me enredo en las sábanas de mi cama, mirando al techo e intentando buscar una salida que me guíe a la respuesta adecuada. Quisiera contemplar el mundo desde muy arriba, donde nadie me pueda herir, ni hacerme daño. Sin embargo, continúo aquí. Pensativa, llorona, más sensible, perdiendo la confianza que últimamente había logrado reunir.

Cada día todo se complica más y mis problemas me atrapan en el tiempo, que s ehace eterno. ¿Para qué queremos tanto tiempo si lo vivimos sin lucir una sonrisa? ¿Por qué no somos capaces de avanzar sin necesitar ser necesitados? ¿Desde cuándo somos tan débiles para dar por bueno que el rumbo elegido no es el que nosotros escogemos?

Son tantas preguntas las que le hago a mi pobre almohada que apenas noto la humedad de las lágrimas que se deslizan por mi cara de vez en cuando.

Llorar desahoga. Aunque llorar de frustración enferma los sentidos.

Hacer lo correcto no sólo depende de uno mismo y no siempre decir la verdad nos alivia. La verdad duele, la verdad se esconde, en ocasiones, en una maleza de palabras tan espesa que es imposible tirar de ella para sacarla. ¿Merece la pena decir siempre la verdad?

Sé que no soy perfecta; que estoy más cerca del error que del acierto de la naturaleza. No pretendo llevar siempre la razón, ni que las personas más cercanas a mí me digan que sí a todo. Pero trato de ser honesta. Lo que hago, lo hago de corazón, sin moverme entre las sombras. No manipulo, ni busco segundas intenciones. Si guardo un secreto, es porque tiene que ser guardado. Si confieso un pecado, es porque debe ser confesado. Sin evaluaciones extras, sin firmas desconocidas.

Necesito soluciones. Respuestas. Deshacer el puzzle y volverlo a hacer, colocando bien las piezas. Necesito una canción con estribillo alegre y una película que tenga un bonito final.

Necesito ser feliz de una vez por todas. Despertarme por las mañanas animosa y dormir por las noches sin desvelarme. Soñar con imposibles cercanos y recrearme en sueños que me alejen de la realidad.

Es eso, felicidad. Lo que le falta a mi vida es felicidad. Y no llorar más de frustración, sino derramar lágrimas de alegría.

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