sábado, 16 de mayo de 2015

XII.

¿Realmente conocemos a las personas como creemos?

¿Es posible que alguien cambie tanto de un día para otro como para acabar no reconociéndole?

Después de mis últimas experiencias tengo que decir que sí, que es posible. Es muy duro, y si, además, es alguien a quien queremos, duele más.

A lo mejor, lo que sucede es que nos colocamos una venda en los ojos y no nos damos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. ¿No dicen que el amor es ciego? Tal vez los ciegos somos nosotros y le echamos la culpa al amor. Lo adecuado sería de vez en cuando revisarnos la vista y así tratar de evitar futuros sobresaltos.

Y es que estoy muy confusa en estos momentos. No entiendo por qué ha pasado todo esto. ¿Y si es culpa mía? ¿Y si ese cambio lo provoqué yo? Seguramente, no lo sé; lo único que sé es que él no era así. Ese no es el chico que me enamoró. El que me hizo comprender que era capaz de sentir más allá de la piel, de los complejos, de los clichés sociales y de las teorías que no le importan a nadie. Él logró que confiar en mí no fuera una lejana fantasía, sino una valiente realidad. Puso la primera piedra en la estatua de sentimientos en la que me he transformado y con la que empiezo a sentirme un poco mejor.

¿Es verdad que se fue? ¿O sólo era un disfraz?

Cuando piensas en alguien, lo puedes hacer de dos formas: sumando los recuerdos que te dejó hasta ese día o quedándote con la última visión que has tenido de él o ella. ¿Cuál es más real?

Probablemente, la primera. Sin embargo, es más habitual caer en la segunda. Al menos, a corto plazo. Tendemos a quedarnos con la última imagen que tenemos de esa persona. Para bien o para mal. Y muchas veces nuestro amor o nuestro odio dependen de ese último encuentro, sin contar con cada uno de los fotogramas con los que se construyó la película.

A partir de ahora, ¿qué? ¿Cómo se supone que debo actuar?

Hay muchas opciones, pero todas a medias. Ninguna será definitiva, ninguna conseguirá solucionar el problema. En ninguno de los casos me sentiré bien y con ninguna medida me restableceré de lo que está pasando. SI duermes, te arriesgas a tener pesadillas. Pero es imposible vivir sin dormir.

Por lo tanto, todas esas opciones son falsas opciones. Aunque de alguna manera hay que comportarse.

En el juego de la vida gana el que es feliz, aunque es posible que todavía a nadie le hayan el primer premio.


No hay comentarios:

Publicar un comentario